Part 29: Spanish Novel; Havana Rough – Habana Dura; por Jocy Medina – Roman; Havane Dure – رُمان اسپانیایی؛ هاوانا سَرسَخت



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PROJECT 705-3

PART 29

Artistic. Erotic. Historic 
Artistique. Érotique. Historique
Artístico. Erótico. Histórico
هُنری . اروتیک  . تاریخی


© Jocy Medina 


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More than just a novel, HABANA DURA is a journey to Cuba!

Plus qu’un roman, HABANA DURA est un voyage à Cuba!

Más que una novela, HABANA DURA es un viaje a Cuba!

فراتر از یک رُمّان، هاوانا سَرسَخت  سفری به کوبا است


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PARTE 29

parte 28

 

María salió a caminar sus genios por las sucias calles adyacentes a la escuela, pero regresó justo en el momento en que la directora acuñaba una Carta de Suspensión Temporal para ella. Al verla en el umbral de la puerta la directora le avisó que por un mes no podría regresar a la escuela. María tiró la carta en dirección a las muchachas que aún llenaban planillas en la oficina y le advirtió a la directora: “Yo no quiero suspensión temporal, yo no he hecho nada más que decirle la verdad en su cara”.

– Pues yo bien que te advertí que para la próxima indisciplina ibas expulsada de la escuela y tú acabas de darme el gusto. Ven a recoger tu Carta de Expulsión a fin de mes –respondió la directora con un dedo apuntando a la salida de la escuela.

– ¿Para eso si hay papel, eh? –dijo María y antes de salir, escupió delante de los pies de la directora.

Bajó los escalones de la escuela con su cara más roja que la blusa que traía puesta. La brisa de La Habana empujó hacia el Malecón. Allí se entregó al áspero muro deseando que el calmado vaivén del mar contagiara sus nervios. Las palabras “expulsada de la escuela” martillaban en su cerebro y apretaban sus pulmones. La escuela es lo único que era suyo realmente, quitarle eso y quitarle a David era borrar las únicas dos alegrías de su vida, para entonces quedarse ¿con qué? Se acostó en el muro del Malecón y lloró al saber que en ese mismo instante lo único que ella tenía en su vida era ese áspero muro donde poder llorar.

*** 214***

 

Esperó a que detrás de La Habana el sol se escapara al mismo infinito que en unos meses se robaría a su David. La brisa le fue secando las lágrimas y en cuanto el azul del mar oscureció, María salió rumbo a Siboney a ver si entre ella y David quedaba algo que recuperar.

El guardia de la casa, al verla venir, sin preguntar abrió las rejas. La puerta de la mansión estaba abierta y la del cuarto de David, a medias. Un fuerte olor a lavanda con madera emanaba del baño como pasaba cada vez que David se alistaba para salir. Ella abrió la puerta del baño para confirmarlo haciendo al hombre saltar del susto.

– ¿A dónde tú vas con esa corbata? –preguntó María.

– Voy a una recepción –respondió David con su mano en el pecho tratando de calmar el susto.

– ¿Y por qué yo no soy parte de ese evento? –preguntó María casi en espera de una nueva decepción.

– Ya sabes que yo no mezclo mi vida personal con la laboral –respondió David.

– Ah sí ya recuerdo. A lo personal voy yo y a lo laboral, la rubia.

– ¿María, me crees capaz?

– No solo te creo, te he visto capaz.

– ¿Cómo puedes decir eso? Si tú casi vives conmigo en esta casa.

– Casi, pero vivir con alguien no quiere decir ser parte de su vida y mucho menos que le eres fiel.

David salió de la habitación con un azul-enojado evidente en sus ojos que casi gritaban un “me voy”. Ella lo siguió a la entrada de la casa y cruzando sus brazos se interpuso entre David y la puerta.

– ¿Qué quieres, María? –preguntó David.

– Quiero saber qué va a pasar con nuestra relación cuando te vayas de Cuba. Si lo que quieres es terminar dímelo para olvidarme de ti, recoger los pedazos y continuar mi vida.

*** 215 ***

 

– ¡Yo no me quiero casar! Para mí el matrimonio es el único requisito para el divorcio. Yo viví el divorcio entre mis padres y yo no quiero eso para nosotros. ¿Qué hay de malo en querer dejar una relación en el punto donde todavía hay armonía? ¿Por qué quieres llevarla a la chatarra?

– Divorcio. ¿Qué tú haces hablando de divorcio?

– Exacto, ¿y qué haces tú hablando de matrimonio? ¿O acaso lo único que te importa es irte de Cuba?

– Ahora sí me destruiste –dijo María en voz baja –casarme no era uno de mis sueños pero me enamoré de ti, inglés idiota. Yo jamás soñé con irme de Cuba pero como tú has de saber, siendo cubana si no me caso y me paso más de once meses fuera sin papeles, pierdo todos mis derechos en Cuba. Me quedo hasta sin país, todo porque tú tienes miedo a casarte. ¡Ya deja de ser un cobarde! –gritó María.

– ¡Y ya deja de querer cambiarme! –respondió David.

Como hay respuestas que anulan todas las preguntas que prosiguen, María no quiso saber que quería decir David con eso de querer cambiarlo. Regresó la vista al suelo donde había caído su corazón y dio vuelta para irse.

– María, espérame, conversamos cuando yo regrese –le dijo David.

Las ganas de responder trabaron la voz a ella quien creía que había conversado lo suficiente. Siguió rumbo a la reja y salió de la mansión.

– Sí, huye. Huye, María Mariposa –gritó David desde su puerta.

“Buena idea David, buena idea”, pensó María todo el camino hasta que llegó a casa de la tía. Con sus espaldas tiradas sobre el vinil rojo del sofá de casa de la tía, María otra vez pensaba en eso de huir. Huyendo llegó a la Habana y como ya a la ciudad se le habían acabado las maneras creativas de impedirle el vuelo sonaba algo banal tratar de intentar volar en otra. Era como si La Habana le hubiese raspado con cucharas lo poco que le ofrecía un poco de alegría. Las convicciones llegaban a su mente como meteoritos a un planeta, sobre todo cuando todo parecía que para el inglés, ella no fue más que un pasatiempo, tal como hubo uno en Bolivia, tal como lo habrá en Kenia cuando él viva allá.

*** 216 ***

 

Entre ella y Belinda se tomaban turnos para quejarse de sus tragedias. María, se quejaba de que hacía más de quince días que David no iba a verla y Belinda de que a Sandro ya le habían confirmado 15 años de privación de libertad.

María pasaba horas en el balcón mirando al mundo transitar los cráteres de la demacrada calle donde vivía Belinda. Las personas iban y venían de la bodega con bolsas vacías y expresiones grises. Un día, de entre todo el gris del barrio resaltó un pañuelo rojo que adornaba la cabeza de una viejita. El bastón le confirmó a María que era la misma que había conocido hace unos días en la panadería. Corrió a encontrarla con tanto ímpetu que al llegar a donde la viejita por poco la tumba.

– Ay, mi vieja, pregúntele a los santos por favor: el hombre que yo amo me dijo: “no quieras cambiarme”, pero yo quiero cambiarlo ¿cómo lo cambio? ¿Cómo hago para que deje de ser tan cobarde y cambie por mí?

– Para eso no hacen falta santos, mi niña. Muchos hombres se resisten pero al final cambian si una mujer les inspira hacerlo.

 

María se llevó sus dos manos al pecho tratando de ubicar dónde es que quería doler esa respuesta.

– ¿Cómo hago? –insistió María.

– Tú, tan joven y tan linda, quédate con el hombre al que le inspires cambio.

Hasta la amable sonrisa de la viejita se le tornó gris a María que en vez de conformarse con el consejo volvió a repetir la misma pregunta.

– Puedes ponerle miel y cinco girasoles a Oshún y pedirle que te ayude con ese amor. Pero pedir amor a un hombre que no te ve, es pedir ser invisible de por vida. La mejor opción es no hacer nada porque a veces, la mejor manera para que alguien te escuche es guardar silencio y la mejor manera para que te extrañe, es poner distancia.

 *** 217 ***

 

María regresó al edificio con la misma lentitud con que se alejaba la viejita. Se sentó en un escalón de la entrada a pensar que eso de poner distancia era una versión más sofisticada del verbo “huir”. Pero mientras más lejos iba el pañuelo rojo de la viejita, más cerca sentía María las verdades que ella le había dicho.

Al perder a la viejita de vista, en su campo visual se coló la del 4, quien traía muchos rolos en la cabeza y poca ropa en el cuerpo. Chiflidos lejanos alababan el vaivén con que las caderas de la chica barrían de derecha a izquierda la amplitud de la acera. El cercano taconeo de la del 4 hizo a María mirar para otro lado en aras de evitarla pero los ojos color miel de la del 4 salpicaban insistentes buscando la atención de ella.

– ¿Oye, mi chini qué tal tu novio? –preguntó la del 4.

– ¿Mi novio? ¿De dónde tú conoces a mi novio? –preguntó ofuscada María.

– Bueno yo conozco a tus dos novios. Conozco al italiano porque te llama a mi casa. Por cierto, loco porque acabes de ir a Italia pero tú, siempre por la calle y Belinda es quien le habla. Y también conozco al inglés, porque desde mi balcón yo no me pierdo machote bueno que pase.

María casi podía escuchar su sangre hervir dentro de sus venas y querer botar por todos los huecos de su cuerpo.

– ¡Si quieres te enseño una brujería para que se te dé el viaje! pero cuando te vayas a Italia, mi chini, me pones la piedra con el inglés. No te los cojas todos para ti ¡Comparte!

María miraba directo a la cabeza de la joven, ubicando cuales de los rolos quería arrancarle pero en vez de irse evitar irle arriba, voló por las escaleras y no paró hasta llegar al apartamento 6. La brusquedad con que abrió la puerta hizo saltar a Belinda.

*** 218 *** 

 

– Yo creo que a los habaneros, cuando le eliminan la leche a los 7 años, también les eliminan el alma –gritó María.

– ¿Pero qué te pasó ahora, mi niña?

– Me voy de aquí, tía, me voy de esta ciudad de mierda –respondió María dando vueltas en la sala con sus puños apretados como si quisiera golpear algo.

– ¿A Buenaventura?

– No. Me voy de Cuba. Me voy a Italia.

– Pero y eso, María ¿Qué te hizo cambiar de idea?

– Mis alas, tía, no soportan más pedradas. Es imposible volar en una ciudad donde llueven desgracias en vez de agua. Donde por bajas que sean las alturas son inalcanzables para nosotras las cubanas. Donde los mismos cubanos son quienes me tiran las piedras que me traen tan rota.

 

– ¿Qué dices, mi niña?

– Perdí la escuela, tía. Ahora perdí a David ¡Me voy a Italia!

Unas cuantas firmas después, María tenía pasaporte y fecha de viaje. Belinda le hizo la maleta y pagó un taxi con el dinero que Luciano había mandado para que María llegara bien al aeropuerto de La Habana. Antes que se fuera Belinda le entregó a María una carta. “Esto es de la persona que, desde que te fuiste de Buenaventura ha estado enviando mameyes a La Habana para que tú jamás dejaras de tomar tu batido favorito”, le dijo Belinda.
– ¿Qué persona? ¿No eras tú la que comprabas los mameyes? –preguntó María.

– No, mi niña, en estos tiempos no hay mameyes en La Habana.

Ya en el avión, con los motores haciendo realidad el último consejo que David le había dado, María huyó de sus problemas y en el confort del cielo María abrió la carta que le dio Belinda para enterarse quién mandaba los mameyes.

*** 219 ***

 

“Ay hijita, por fin volaste. Yo nunca tuve el valor que tú has tenido. Siempre hice lo que querían mis padres y hoy hago lo que quiere el tuyo. Creo que soy feliz así pero me faltó conocer a alguien muy importante: a mí misma. Mientras tú tratabas de crecer y reclamar tu espacio en este mundo, yo me preguntaba qué hubiese sido de mí de haberle dado alas a mis sueños. Esa pregunta nunca te la tendrás que hacer tú. Las cartas de tu tía estaban en la gaveta para que tú las encontraras. Yo no tenía el valor de ayudarte a irte de Buenaventura. Si algo te salía mal, no podría vivir con la culpa pero sabía que la única forma de hacerte amar esta casa era dejar que vivieras en otra. Yo me alegro que el machete de tu padre jamás amedrentó el filo de tu valentía y so me dice que ningún machete en esta vida lo hará. Pero también sé que en eso de cuidarte fue el machete de tu padre quien te ahuyentó a los mismos peligros de los cuales él tanto te cuidaba. Así todo, él te adora. No lo admite pero llora por ti todos los días. Hoy estás volando a otro país, dejando atrás los anacoretas que no te supieron retener. Sé feliz, hija y en cuanto puedas ven a verme que no importa dónde tú termines, ésta siempre será tu casa. Tu mamá”.

 

Los ojos de María terminaron encharcados y ella con deseos de hacer que el avión regresara en ese mismo instante a Cuba. Sintió un deseo inmenso de abrazar a su madre y a su padre, lamentando no haberlos llamado antes de viajar. La guillotina de la culpa calló sobre su conciencia por haber abandonado y dejado sin noticias por tantos meses a las únicas dos personas que jamás en su vida la abandonaron a ella.

El ancho azul del mar, con olas capaces de tragarse a un pueblo entero, ya no se veía por la ventanilla. A su alrededor los europeos dormían y su viaje a Italia parecía más irreal que aquella vez que soñó con la difunta madre de Julia. Pero todo se hizo cierto con un altoparlante en el avión anunció en unas horas el vuelo aterrizaría en un país del cual lo único que ella sabía era que hacían buenas pizzas.

*** 220***

 

Un ramo de flores esperaba por ella en Roma y detrás del ramo de flores vio al hombre que la había invitado a volar y no metafóricamente, fuera de Cuba. Tocar tierra ajena y comenzar a extrañar la suya sucedió al unísono. El olor del café que Luciano colaba en las mañanas la transportaba a Buenaventura, a aquellos días en los que ir a la cola del pan era su única opción para salir de casa. El barcito entre el cuarto y la cocina del apartamento de Luciano, escondía un refrigerador que enfriaba jamones, quesos y aceitunas con que matar el hambre del día, pero no habían mameyes. Y la cocina tenía demasiados botones para aprender a cocinar en ella.

Luciano trabaja todo el día y mientras ella esperaba por él, había días que las blancas paredes del apartamento la abrazaban como camisa de fuerza en un hospital mental. En la noche él la llevaba caminar, a veces a comer, nunca a comer pizza.

Aunque extrañaba a Cuba ella se conformaba con saber que Italia ponía distancia entre ella y sus tragedias. Pensó que quizás ser feliz en otro mundo significaba llevar lo mejor del mundo viejo al nuevo pero, según Luciano, en Roma no se estilaba poner música hasta las tantas de la noche y a su edad, las noches no eran para salir a bailar a discotecas. Para colmos Luciano no tenía amigos con quién sentarse a descargar y tomar ron. Tenía conocidos del trabajo y todos tenían algo en común: hablaban de todo lo italiano como lo mejor del mundo. Según ellos, sus bodegas vendían los mejores jamones de la tierra, sus restaurantes servían la mejor comida de la tierra, sus vineras ofrecían los mejores vinos de la tierra, pero ninguno había viajado a otros países de la tierra para respaldar lo que decían. A María le costaba discernir si los italianos eran apasionados o arrogantes.

Con el pasar del tiempo, María empezó a recordar a La Habana menos cruel, a los habaneros menos ásperos y a las piedras que le había tirado la ciudad, menos duras. Y lo más raro de todo, extrañaba lo que nunca pensó extrañar, su casita en Buenaventura.

La mayor espina de todas, al pensar en La Habana era el verano, la estación que prometía la ida permanente de su inglés a Kenia. El amor de Luciano no lograba sacar esa espina del corazón de ella, quizás porque no era amor, o quizás porque hay espinar que ni con otro amor se sacan.

*** 221 ***

 

A veces parecía que lo único que Luciano amaba era su máquina de hacer expreso. Una vez, él trató de enseñar a María cómo usarla para que ella pudiera hacer café cuando él no estuviera pero después del largo curso, María desaprobó el examen que él le hizo.

– ¿Tú no tienes una cafetera normal? –preguntó María.

– Esa es una cafetera normal.

– La verdad yo con ese robot del 2050 no voy a hacer nunca café ¿qué tal si me compras café instantáneo?

– Por tomar esa agua con tierra aquí en Italia piden cadena perpetua.

Al otro día, a la máquina del 2050 le faltaban las maniguetas pues ella se las había visto con la máquina tratando de hacer un expreso. El fiasco terminó en una pelea, después de la cual María daba todo por poder coger una botella a Buena Vista y perderse de esa casa y Luciano tratando de hacer las paces sugirió llevarla a la Basílica de San Pedro.

– ¿A la Basílica de quién? –preguntó María.

– De San Pedro. La iglesia más famosa del mundo, que está dentro del Vaticano, el país más pequeño del mundo –respondió Luciano.

Aunque a María le vinieron las ganas de aventarle a Luciano el sopetón más grande del mundo optó por un trago de paciencia. En cuanto el teléfono sonó, María fue a dormir pues ella sabía que era Alessia, que llamaba todas las noches a Luciano para instalar agonizantes charlas telefónicas que terminaban en silencios y desganos.

***222***

Continuará la próxima semana …



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"He buscado el sosiego en todas partes, 
y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos"

Thomas De Kempis, Teólogo alemán


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Una Colección Poética… 

…intensa pero liviana, que abarca desde los lances eróticos de la autora, hasta las tristes pérdidas de un amor. Entre ellos se filtran versos que retratan las nostálgicas distancias que vive el expatriado, y otros romances que moldean el imaginario de nuestros tiempos. Poemas cargados de de las ficciones que conforman las realidades de la autora. O, “los dolores que esconde mi sonrisa”, como bien los describe ella.



A Poetic Collection …

… intense but light, ranging from the erotic sets of the author, to the sad losses of a love. Among them are filtered verses that portray the nostalgic distances that the expatriate lives, and other romances that shape the imaginary of our times. Poems loaded with fictions that make up the realities of the author. Or, “the pains that my smile hides”, as she describes them well.


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