Part 25: Spanish Novel; Havana Rough – Habana Dura; por Jocy Medina – Roman; Havane Dure – رُمان اسپانیایی؛ هاوانا سَرسَخت


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PROJECT 705-3 – PART 25

Artistic. Erotic. Historic 

Artistique. Érotique. Historique

Artístico. Erótico. Histórico

هُنری . اروتیک  . تاریخی



© Jocy Medina 


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Más que una novela, HABANA DURA es un viaje a Cuba!

Plus qu’un roman, HABANA DURA est un voyage à Cuba!

Más que una novela, HABANA DURA es un viaje a Cuba!

فراتر از یک رُمّان، هاوانا سَرسَخت  سفری به کوبا است


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PARTE 25

parte 24 

Antes que la tarde reclamara su final, María fue a la escuela a reportar que completó su semana de huracán en Tropicana y salió con un proyecto nuevo entre manos: una semana bailando de estrella principal en el Hotel Inglaterra. “Ay, me persigue ese país”, dijo ella cuando escuchó eso de “Inglaterra”.

En tanto, David saliendo del trabajo decidió que ya la extrañaba y en vez de irse a casa, fue a buscarla a la dirección que esa mañana le había dado ella. La del 4, que estaba en su balcón, no podía creer la clase de hombrón que se había bajado de un carro con chapa de embajada enfrente de su casa y al ver que el hombrón entraba a su edificio, se bajó bien su ya escotada blusa y corrió al descanso del piso dos para intersectarlo.

– ¿En qué puedo servirte, mi rey? –le dijo la del 4 a David que subía mirando un papel.

– Busco a María, la del 6 –respondió David.

– Pues, ahórrate escalones que todo lo que tú buscas está en el 4.

David aún se reía cuando llegó al tercer piso y Belinda abrió la puerta.

– Usted debe ser la tía de María –respondió David sonriente.

– ¡Ay pero qué hombre más bello, qué suerte tiene esta muchachita! A ver, mi niño, ella no está pero entra. Me dijo que iba a la escuela a averiguar sobre su próximo proyecto. Ella es bailarina de Tropicana, ¿tú lo sabes?

*** 180***

 

– Sí yo lo sé. ¿Ella no le habló de mí?

– Bueno, para serte honesta ella vino hoy y solo hablamos de mis tragedias. Ay, me hizo tan bien tenerla aquí pero ahora que me doy cuenta, no le pregunté nada sobre ella. Espérame aquí, que acabé de hacer batido de mamey para que ella tome cuando regrese de la escuela. Es su preferido. Te voy a dar un poquito.
Belinda le trajo un vaso lleno hasta el tope de batido pero en cuanto vio la cara de tortura que ponía David tratando de tragárselo, se lo quitó de las manos.

– ¿Cómo es eso? ¿No te gusta? – le preguntó Belinda.

– Un poco dulce, espeso. Un sabor intenso –respondió David buscando palabras que no causaran desaires.

Belinda se reía de las caras que él aún hacía, cuando una algarabía que se desató en los bajos los paralizó a los dos. Corrieron al balcón. Era una bronca entre vecinos. Según las palabrotas que volaban, la gorda de los bajos protestaba porque la mulatica de los tamales metía a su marido en su casa por las noches. Cuatro hombres trataban de zafar a la gorda de los pelos de la mulatica, cuando la hija de la gorda agarró treinta tamales que tenía la muchacha para vender en la mesa de su sala y los tiró todos al medio de la calle. Los tres o cuatro hombres soltaron a la gorda y fueron a recoger tamales. La hija de la gorda agarró un tamal y se lo escachó en la cabeza a la mulatica. David y Belinda no se perdieron ni un detalle de la bronca pero casi se caen del balcón cuando detrás de ambos vino María y dijo: “¿Y ustedes qué hacen ahí?”. Luego de las risas, Belinda pidió permiso para ir a los bajos a ver si quedaba algún tamal por recoger. Y todo el tiempo que Belinda se tomó buscando tamales, duró el beso que María le dio a David.

La tía regresó aclarando su garganta como quien no quiere interrumpir.

– Creo que no es un buen partido para ti, María ¿Tú puedes creer que no le gusta el batido de mamey? –dijo Belinda en broma.

– Es que él es un batido de mamey, tía. Denso, dulce y a veces frío, quizás por eso me gusta tanto.

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– No eres boba mi niña, porque eso no es un mamey, eso es un mango.

En cuanto los besos y las bromas se lo permitieron, David le dijo a María que además de a verla había venido a invitarla a un paseo por unos días a Trinidad.
– Es que Sherlock se va en unos días y antes que se vaya quiero que vea esa ciudad.

– Me encantaría, David pero me acabo de comprometer para bailar en un show en el Hotel Inglaterra, por una semana y empiezo mañana.

Esa tarde, David llevó a María con su tía a comer pero en la noche, se la robó a Buena Vista y se la llevó para Siboney. Al otro día la llevó al trabajo, donde un enorme “Inglaterra” alumbraba las afueras del hotel. Ver el cartel apuró el paso de David curioso por saber cuánto de ese hotel le recordaría a su tierra. A la entrada, en una terraza protegida por los herrajes de una baranda tocaba una banda con instrumentos musicales que no tocaban nada de la música de su tierra. La banda además hacía burbujear turistas quienes, Mojito en mano, tabaco en boca, cubana al lado, montaban lo que para David parecía ser la escena más lejana a la de una terraza inglesa.

Las maracas y los timbales endulzaron el paso de María que entraba junto a David. Para ella, atravesar esa terraza fue revivir una especie de pasado cubano donde lo único moderno era la ropa que vestían las jineteras. Entró tarareando La Guantanamera, una canción que siempre le recordaba a Cindy, pues la chica de la canción era de Guantánamo, la esquina de Cuba de donde era ella. Y como el hotel quedaba justo frente al Parque Central, María decidió que después del show cruzaría al parque a tratar de verla.

David admiraba los mosaicos esperando a ordenar su cerveza, haciendo tiempo para ir a ver a María bailar. De atrás de las columnas salía gente tratando de venderle colecciones de sellos, cajas de tabaco, periódicos de antaño y cuando decía a todo que no, la gente le ofrecía sexo. María se vistió de esclava para su primer número y salió del camerino conquistando con su gracia a cada turista que esperaba en el salón para disfrutar un show de Cabaret Afrocubano.

*** 182 ***

 

Para David, las dos horas que duró el espectáculo pasaron sin notarlas. Después de las últimas reverencias que María dio en el escenario, el azul-invitante de sus ojos le pidió a María que fueran a otro lugar, donde todos los hombres del bar no lo estuvieran envidiando.

Con la sonrisa que María siempre le regalaba un “sí” a su inglés, le sugirió a David ir a Siboney donde ella podía terminar su show en privado. El carro de David casi salía del parqueo, cuando María le pidió a David diez minutos para cruzar al parque a ver si podía ver a Cindy.

Entrando al parque, en vez de unos jean rojos María vio que en cada esquina había un grupo de policías. Un mal presentimiento sobre Cindy se alojó en el estómago de María que enseguida se dio vuelta para regresar al carro de David pero dos policías ya venían hacia ella, buscando interrumpirle el paso.

– Oye, dame tu carné –dijo uno que tenía un walkie–talkie en la mano.

Haciéndose la que buscaba en sus bolsillos María maquinó: “Si le digo que no lo tengo me llevan, si se lo doy y ven que soy de Holguín y le digo que trabajo en El Hotel Inglaterra, quizás me sueltan”. María entregó su carnet con manos temblorosas.

– ¡Aquí #50! Jinetera del interior, acabada de apearse de un carro turístico y tratando de cazar otro turista –reportó el policía a través del walkie–talkie.

– Yo no soy jinetera. Yo bailo en el Hotel Inglaterra. Yo soy bailarina.

– Bailarina, Jinetera. Diferente perro con la misma sarna –dijo el segundo policía apuntando los datos del carnet en su talonario.

– Pues, claro que no es lo mismo –le gritó María al policía.

 *** 183 ***

 

Ver que el policía escribió jinetera con “G” anuló cualquier esperanza que María tenía de inspirar comprensión en aquel zocotroco. El del walkie–talkie la esposó y la sentó en el mismo banco donde ella y David se habían conocido para esperar al patrullero que venía a buscarla.

Los ojos de David chocaron contra su parabrisas al ver la silueta de María en un banco ladeada por la de dos policías. Cuando comprobó que lo que veía era cierto, ni miró a los lados para cruzar la avenida que llevaba al Parque Central. David insultó a los policías por lo que estaban haciendo. La velocidad con que salían sus palabras confundía a los zocotrocos, que a pesar de entender claramente lo que David decía, dudaban que estuvieran entendiendo, porque como uno le dijo al otro, “yo estoy seguro que no hablan español allá en Inglaterra”.

– ¡Aquí #50! Un “compañero extranjero” montó en cólera. Apúrense con esta recogida que no entendemos qué cosa está diciendo –explicó el del walkie–talkie.

La noticia hizo apurar al patrullero que habían llamado para que recogiera a María.

– Miren yo soy diplomático aquí en Cuba y María es mi mujer.

– Y como buen diplomático, siga su camino y disfrute sus vacaciones –le respondió el del talonario.

– Que yo soy diplomático, no un turista. Y ella es mi mujer, por favor, déjela ir conmigo.

David sacó su pasaporte rojo, señaló la chapa negra de su carro pero nada los hacía entender que él trabajaba para la misión de Inglaterra en Cuba y que no estaba en el país de vacaciones. Cuando el patrullero se llevó a María, David en vez de perder tiempo estrangulando a aquellos dos hombres voló a su carro para seguir al patrullero a donde fuera.

Las lágrimas de María caían de su rostro a sus piernas. Las historias que hacían las dos chicas que compartían el asiento de atrás del patrullero con ella le interrumpían el llanto para causar asombro por la inmensidad de extranjeros con que andaban esas chicas.

*** 184 *** 

 

Ya en la celda, las dos que llegaron con ella gritaban a los policías que la sacaran de allí añadiendo que ellas no eran jineteras, aunque según sus historias, de seguro lo eran. Le pidieron a María que gritara con ellas, pues así se salía más rápido pero María temblaba y aunque quisiera gritar, dudaba que pudiera. Por la cantidad de muchachas que llegaron esa noche a la celda, era obvio que había recogida. Los guardias venían a buscarlas una a una. Al principio, María creyó que las sacaban según lo alto que gritaban pero al rato se dio cuenta que las sacaban según el orden de cuánto les gustaban más a los guardias.

Una rubia alta de pelo rizo y caderas anchas fue a la primera que sacaron para procesarla. El repertorio de ofensas que la rubia les gritaba transportaba a María a las noches que ella le gritaba a Sandro esas mismas palabras. La rubia quería que la soltaran, decía que no tenía drogas y pedía que no la tocaran. Según los demás gritos fue obvio que los policías decidieron asegurarse que ella no traía drogas ahondando con sus penes en los huecos más íntimos de la muchacha.

Las manos de María tapaban sus oídos para no escuchar más a la rubia. Su cuerpo se balanceaba al ritmo constante con que una voz en sus sesos repetía: “que no me llamen, que no me llamen, que no me llamen…”. María prefería quedarse en esa celda de por vida a que la violara un policía. Y cuando finalmente la llamaron para procesarla sus rodillas no ayudaron a que ella se parara. El oficial entró a la celda a levantarla de la esquina donde estaba sentada y dirigió a María a una oficina cercana.

– No sabemos qué hacer contigo –dijo el oficial sentado en la esquina de su buró –un extranjero ha estado echando pestes allá afuera toda la madrugada, asegurando que si te pasa algo, Fidel Castro se va a enterar mañana. Se salva por ser diplomático, porque tengo ganas de partirle la boca. Dice que es tu marido, ¿eso es verdad?

Ni los ojos de María respondieron la pregunta. Sus oídos no escuchaban otra voz que las de sus sesos, que a pesar de saberse fuera de la celda, aún se repetían “que no me llamen, que no me llamen, que no me llamen…”

*** 185 ***

 

– Te tiramos por planta y estás limpia, –prosiguió el oficial –así que vamos a creer lo que dice el diplomático. Y para la próxima, agárrate bien de tu maridito porque aquí, “muchachita que se duerme se la lleva el patrullero”, ¿tú me copias?

Cuando el oficial le ordenó a María que se fuera ella no atinaba a obedecer. Para que se levantara el oficial tuvo que sujetarla por un brazo y para que saliera de su oficina tuvo que empujarla. David casi llora de alivio al tener a María de regreso a sus brazos. Ella escondió su cara en el pecho del inglés y dentro de ese abrazo llegó al carro.

La Habana yacía frente al mar, más inerte que el cuerpo de María. Al silencio de la noche ya le salían algunas luces pero no se veía gente, ni carros, ni siquiera policías. María le pidió a David que en vez de a Siboney, quería ir a donde su tía. A modo de extirpar una piedra que raspa el alma, una rara lucidez la hizo desear ir a donde Belinda y pedir perdón por haber causado tanto estrago en su vida, ya que si ella no hubiese ido a La Habana, Sandro no estuviera preso y ella viviera feliz con el amor de su vida. David, que no se imaginaba la razón por la cual ella quería ir donde su tía, le rogó a María que esa noche durmiera en su cama junto a él.

Llegaron a Siboney con toda la frialdad de la noche escondida en el alma de ella pero el abrazo de nueve horas que David le dio, derritió todos los hielos que ella acumulaba. Casi a las 5 de la tarde, Sherlock los despertó para recordarle a David que habían quedado en irse a Trinidad esa noche. David, que se había olvidado totalmente del paseo, le volvió a pedir a María que fuera con ellos. Ella le recordó que no podía,
pues tenía que trabajar.

– ¿Trabajar? –preguntó azorado David –No, no regreses a ese hotel, te lo ruego.

María le recordó que ese trabajo además de ser su pasión, era lo único que era realmente de ella. Sin más armas para convencerla, él la regresó a la misma esquina de La Habana Vieja donde, el día anterior, dos policías se la habían quitado. En contra de su voluntad, su pie derecho aceleró el carro para manejar con Sherlock por unas siete horas rumbo a Trinidad.

*** 186 ***

 

Dentro del Hotel Inglaterra, justo donde comenzaban los mosaicos, un turista español fumaba el tabaco más grande que María había visto en toda su vida. Al ver a María llegar, el hombre extendió su mano para decirle que su nombre era Rogelio. Con amable cordura María lo saludó y sin ella decirle su nombre, Rogelio preguntó, “hoy quiero verte borrachita, María”.

– ¿Cómo se sabe mi nombre? –preguntó asicada ella.

– Hombre, la forma que mueves tus caderas, que yo las vi bailar anoche.

– ¿Cómo se sabe mi nombre? –repitió María.

– Vamos linda, el dependiente me dijo que por unos pesos no solo me daba tu nombre, sino que te llevaba desnuda hasta mi cama. Muchas cubanas han pasado por mi cama pero todavía ninguna bailarina.

Como en la entrada del camerino no había luz, Rogelio no notó las ganas de asesinar que se asomaron al rostro de María. La puerta del camerino se cerró en las narices del español y María quedó en la puerta lamentando no haber actuado sus instintos. Dentro del camerino, entre todas las bailarinas resaltaba Kendra, por ser la única rubia. Kendra se acomodaba los tirabuzones del pelo cuando María llegó a ella.

– Ayer, saliendo de este antro pestilente me llevaron presa –le dijo María con un tono fúnebre.

– Ay, María vieja, hay recogida. Eso te pasa por salir de niña buena, sola para tu casa. A mí nunca me ha pasado semejante cosa.

– ¿De qué tú hablas?

– Cuando sales de un hotel de la mano de un Yuma los policías no te molestan. A la vez que te despegas, ahí mismo te enganchan. Hay que salir de aquí con un Yuma a cuestas.

– ¡Tiene que haber otra manera! Nosotros estamos aquí trabajando legal, con una Escuela de Baile.

– Sí, pero no hay papel para que emitan una carta que nos ampare. Después van y te sacan de la cárcel pero en tanto, la que pasas el mal rato eres tú, así que hoy sales de aquí con un Yuma.

*** 187 ***

 

Continuará la próxima semana …



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"He buscado el sosiego en todas partes, 
y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos"

Thomas De Kempis, Teólogo alemán


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Una Colección Poética… 

…intensa pero liviana, que abarca desde los lances eróticos de la autora, hasta las tristes pérdidas de un amor. Entre ellos se filtran versos que retratan las nostálgicas distancias que vive el expatriado, y otros romances que moldean el imaginario de nuestros tiempos. Poemas cargados de de las ficciones que conforman las realidades de la autora. O, “los dolores que esconde mi sonrisa”, como bien los describe ella.



A Poetic Collection …

… intense but light, ranging from the erotic sets of the author, to the sad losses of a love. Among them are filtered verses that portray the nostalgic distances that the expatriate lives, and other romances that shape the imaginary of our times. Poems loaded with fictions that make up the realities of the author. Or, “the pains that my smile hides”, as she describes them well.


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