Part 27: Spanish Novel; Havana Rough – Habana Dura; por Jocy Medina – Roman; Havane Dure – رُمان اسپانیایی؛ هاوانا سَرسَخت



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PROJECT 705-3 – PART 27

Artistic. Erotic. Historic 
Artistique. Érotique. Historique
Artístico. Erótico. Histórico
هُنری . اروتیک  . تاریخی

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More than just a novel, HABANA DURA is a journey to Cuba!

Plus qu’un roman, HABANA DURA est un voyage à Cuba!

Más que una novela, HABANA DURA es un viaje a Cuba!

فراتر از یک رُمّان، هاوانا سَرسَخت  سفری به کوبا است


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PARTE 27

parte 26

David no entendía por qué había un patrullero tomando nota afuera de su casa. El guardia de su casa contaba animadas historias agitando sus puños y señalando a su camisa desvencijada. Al David llegar a ellos, escuchó que el drama se trataba de una loca cuyo nombre era María, que lo había atacado, seguro para robar en casa del señor.

– ¿María? ¿Dijo que se llamaba María? –preguntó David al guardia.

La confirmación del hombre regresó a David el primer ápice de sonrisa que había visto su rostro desde que vio a María con otro la noche anterior. Le pidió al policía se fuera de su casa y al guardia que la próxima vez que una María viniera, la dejara pasar.

David sabía dónde encontrarla pero hundido en el confort de su sofá se recordó que él había invitado a una colega suya a unos tragos y justo en ese instante vio que el guardia le abría la puerta a una rubia británica en un lujoso carro descapotable con chapa diplomática. David corrió a arreglarse pues ya se debía ir.

María ignoró la alegría con que Rogelio la miró al verla entrar y atravesando el hotel hizo todo lo posible para disimular las lágrimas que aún corrían por su cara. Llegó al camerino con el corazón latiendo tres veces más lento que la clave del son que tocaba la banda en la terraza. Cuando salió al oscuro cabaret a bailar su primer número vio a Rogelio en primera plana de la audiencia esperando que ella cumpliera la parte del trato que le tocaba. Al Rogelio alzarle una copa de vino, ella bajó la mirada.

*** 195***

 

Ella bailó su primer set con el filo de la ruptura con David arañando sus espaldas y cada vez que Rogelio aplaudía gritando su nombre, un puñado de sal caía en sus heridas. Y como en tiempos de flojeras los pensamientos flojos reinan, en el intermedio del show, sin que Rogelio le comprara ningún trago, María fue a su mesa.

– ¡Vaya, qué sorpresa! Es mi última noche en La Habana y una sexy bailarina la pasará conmigo. ¡Yo le pago, claro!

– ¿Tú le pagas cuánto? –respondió María.

– Me dijiste que pesas unas 100 libras, que tal a 1 dólar la libra.

– ¿Qué tal 10?

– ¿Mil dólares? Venga hombre, ¿más cara que el jamón serrano? Nos vamos a la mitad. Déjamela en 5.

El español le proponía 500 dólares por una noche y la mirada sin armas de María aceptó como si ella hubiese visto antes esa suma de dinero. Una mulata llegó a la mesa y se sentó al lado de Rogelio, robándole el chance a María de confirmar la oferta con su propia voz.

– ¿Qué haces Rogelio, contándole a éste enclenque del tren que te di anoche? –dijo la mulata.

– Me voy –dijo María levantándose.

– María –la llamó Rogelio –después del show, aquí te espero, bonita.

Durante el próximo número, María y otras cuatro chicas, bailaban de espalda al público, brazos en alto, bamboleando sus faldas cortas al ritmo de una Lambada y los pedacitos de nalgas que dejaban ver le confirmaron a Rogelio que María había sido una magnífica elección. Y cuando señalando a María, Rogelio dijo: “Venga hombre, las mejores nalgas del bar”, la mulata se fue pero no para su casa. Corrió al camerino a esperar a que María fuera a cambiarse para ella caerle a golpes.

Se necesitaron cinco bailarinas para desenganchar las manos de aquella dragona del pelo de María y dos músicos de la banda para sujetar las manos con que a veces la mulata le daba a María por la cara. “Si te veo con Rogelio te voy a matar. Ese Yuma es mío”, gritó la mulata cuando siete personas la lograron arrastrar hacia la puerta del camerino.

*** 196 ***

 

Allá en Siboney, David y la rubia diplomática ya se tomaba el último vaso de whisky cuando David insinuaba que la velada se debía acabar.
– Pero yo he tomado mucho David, así no puedo manejar… –infirió la rubia.

En vez de una invitación a quedarse a dormir con él, David sugirió dejarla en su casa en camino a un lugar al cual él debía ir.

– ¿A las 2 de la mañana? ¿A dónde tú tienes que ir? –preguntó la rubia.

– A una cita con una bailarina en un hotel que se llama como nuestro país –confesó David.

La rubia manejó a casa sola y David fue rumbo a encontrarse con María, quien al final del show, prefería no salir del camerino, no por la dragona, ni por los policías, sino porque sabía que Rogelio la esperaba en el Cabaret para darle una generosísima suma por pasar una noche con él. Se imaginaba bajo el cuerpo de Rogelio con los ojos apretados mientras él besaba sus labios y penetraba su intimidad. Para darse coraje enumeraba cuantas maravillas podría hacer ella con 500 dólares, una suma cuyo equivalente no era el salario de nadie conocido, sino algo tan descabellado como comprar el Hotel Inglaterra con todos sus turistas adentro.

Kendra notó la lentitud con que María deambulaba por el camerino y le preguntó: “¿Tienes miedo salir de aquí y toparte a la loca esa?”

– No, tengo miedo de mí –respondió María –Parece que a veces, para sanar, hemos de destruirnos totalmente.

– ¿Pero, niña y ese drama qué cosa es?

– Es que yo jamás he vendido ni un mango y esta noche voy a vender mi cuerpo.

*** 197 ***

 

– Yo tampoco he vendido mango pero vendo mi cuerpo todas las noches y te aseguro que da más negocio que vender mangos –le respondió Kendra –Además, vender tu cuerpo es cuento de bobos, no es como vender tú cadena, que te dan el dinero y tú te quedas sin cadena. Cuando vendes el cuerpo, te dan el dinero y tú te quedas con tu cuerpo y lo puedes volver a vender.

– ¿Cuánto pagan la noche? Por curiosidad.

– La gente dice que 20 dólares pero yo no bajo de 50 pues mira la ricura esta –dijo Kendra apuntando a sus bellas nalgas.

María dejó ir a Kendra sin decirle que un español le había propuesto diez veces ese precio por una noche con ella. Abrió la puerta del camerino y desde allí vio que Rogelio aún la esperaba en el ya oscuro Cabaret. Iba rumbo a él pero una muy conocida voz le detuvo el paso cuando dijo: “Nunca están lejos cuando dos quieren verse”. Estaba oscuro pero olía a David, así que ella se dio vuelta y un salto para abrazarlo.

David puso sus dos manos entre ellos para separarla, mucho antes que María pudiera alcanzar su cuello. Ella escuchó con cuan solemne voz David le pidió que lo siguiera y como él no le dio la mano, ella empujó a cuantos pudo en la terraza para poderla atravesar a la misma velocidad con que iba David.

Ya en el carro, con la luz que se encendió al entrar, María logró ver vio cuán diestro el azul-herido de los ojos de David fingía un azul-confidente. La música no dejaba que ninguno de los dos hablase y la velocidad con la que David manejaba impedía desatender el tráfico.

En Siboney, detrás de las rejas donde esa misma tarde María arrancó pelos a un guardia, ella quiso hablarle a David y él le dijo que no la había traído para eso.
– ¿Para qué me trajiste entonces? –le preguntó ella con ambas manos en la cintura.

– Para romperte, María. Para aliviar mi dolor con un poco del tuyo.

Las manos de María descendieron a la misma temperatura de la respuesta de David.

 *** 198 ***

 

Lo vio irse al fondo de la casa, rumbo a su cuarto y se asustó cuando de pronto escuchó una música que hizo vibrar todos los cristales de la mansión. Era una especie de música electrónica pegajosa pero irritante. Ella, que había pensado que ya había explorado los puntos más flojos de su noche, se sorprendió al sentir cuán débiles flaqueaban sus rodillas.

– ¿David, podemos hablar? –insistió María cuando lo tuvo de regreso.

David le respondió, pidiéndole a María, con unos de sus dedos, que lo siguiera. El corazón de ella bombeaba al ritmo del bajo de la música electrónica y sus tímpanos rechinaban pues el volumen de la canción crecía en dirección al cuarto. Allí reinaba el olor a madera–lavanda que ella bien conocía. Las paredes, en extremo frías, denotaban que, además de subir la música, él había bajado la temperatura.

David entró al cuarto y dio un portazo más escandaloso que la misma música. Sirvió un vaso de agua con hielo para María y para él, uno con whisky. Con sus ojos clavados en la blancura de ella, David explicó todo con tres palabras.

– ¡Quítate la ropa!

– ¡Ave María, David! ¡Tenemos que hablar! –dijo ella sintiendo que de tanto frío sus labios casi ni se abrían.

David fue al butacón de felpa azul de la esquina de su cuarto para, mientras tomaba su whisky, mirar a María con cara de “obedece”.

– David, ¿qué es esto? –preguntó María.

David no cambiaba su expresión intransigente, dentro de la cual María leía “aberración”, o algo parecido a lo que siente un hombre que no te ama, pero te ama.
– Si me desvisto, ¿podemos hablar? –precisó María.

Convencida que aquel juego era una mera revancha de egos, María prosiguió a quitarse todo lo que traía en su cuerpo creyéndose afortunada de que era David y no Rogelio quien la miraba desvestirse. Al quedar desnuda entre él y el aire que la congelaba, María temblaba de frio como mismo temblaba el vaso de agua con hielo al ritmo del música.

*** 199 *** 

 

David descansó su whisky en una mesa y con calma llegó a donde María.

– Mira a mis ojos. Porque en este juego, si me pierdes de vista, pierdes –dijo David –voy a jugar a romperte y tu único trabajo es no perderme de vista.
Estirando una de sus manos, David abrió un armario que guardaba lo que causaría en María el dolor del que hablaba. Sacó algo macizo, color carne, un pene de goma que luego colocó dentro del vaso con hielo que le había servido a ella. Sacó también un látigo como el que usaban en Buenaventura para azotar caballos.
Como la suerte le seguía pasando la misma ficha de toda la noche, María optó por no preguntar para qué era la toda parafernalia aquella pero David notaba que a ella no le quedaba célula en su cuerpo sin temblar.

– No tengas miedo, María. El amor es para siempre, el dolor no.

– ¡Yo quiero conversar! –dijo muy bajito ella.

– Todas las puertas de mi casa están abiertas –dijo David caminando y señalando en dirección a la vía libre –La palabra con que se detiene todo esto es “azul”.

El frío del cuarto había invadido los huesos de María y cuando David le pidió que fuera a la cama donde él le invadiría la piel, María apenas podía caminar. Con el gesto de sus manos, David le pidió a María que abriera sus piernas y él mismo apartó las largas mechas de pelo le tapaban los senos. Además le pidió que se masturbara sin quitarle los ojos de encima a él y sin llegar al final. Explicó que hay ganas que, cuando finalmente se sacian, matan otras diez.

En cuanto ella obedeció, David regresó a su silla, agarró un libro y se puso a leer y cuando a María se le empezaban a cerrar los ojos de placer, el azul–hambriento de las pupilas de David se acercó al negro–perdido de los de ella y le gritó: “Abre los ojos, María y no me pierdas de vista nunca. Lección número uno: porque aún cuando yo no estoy, yo estoy”.

*** 200 ***

 

David tomó las dos manos de ella, dejando las ganas de venirse de María al rojo vivo. Las ató bruscamente a la cabecera y acariciando el látigo le recordó a María que hasta en las más duras de las situaciones siempre contamos con un “azul” para escapar.

– ¿Azul? –preguntó David azotando la palma de su mano izquierda con el látigo –No te oigo María, ¿Azul?

Esa palabra la enviaría puerta afuera sin poder oír la lección número dos, así que queriéndolo gritar “azul”, dijo que no. Al ritmo de la música que aun retumbaba, David azotó las piernas de María y al notar que en los muslos interiores los azotes la hacían retorcerse más, allí se enfocó. A veces María las cerraba y él, con una calma que amedrentaba, se las volvía a abrir.

David azotó hasta que juzgó que el dolor de ella se acercaba al que él sintió en el estómago el día que la vio salir del hotel en brazos de otro, el dolor de la traición. El cuerpo de María ya no temblaba, sólo se retorcía. Y en ese punto, él llevó el azul-furioso de sus ojos al negro-apretado de los de ella para explicarle la lección número dos: “Al final María, la traición siempre va a doler más a quien la causa que a quien la recibió”.

Y cuando María creyó que era suficiente aprendizaje para una noche, David avisó que faltaba una última lección. Sacó el pene de goma del vaso y dejó que unas congeladas gotas cayeran sobre el vientre desnudo de ella. Luego, llevó el helado juguete al rojo vivo de la vagina de ella. Al penetrarlo el frío pinchaba como agujas . “Y este, María, es el hielo que siente un corazón cuando uno vende el sexo. Y esto María, es lo plástico que siente el cuerpo, cuando el pene de un turista que te compra, te penetra. Y esto María, es lo que sientes en el alma si vendes tu amor a alguien cuando amas otro”.

*** 201***

 

María no puso en dudas que esa hubiese sido la sensación de haberse dejado penetrar por Rogelio esa noche, cuando su corazón era de David. Regresando el pene de goma al vaso helado, David le recordó que “azul”, áun era una opción. Ante el silencio de María, David besó los pedazos más rojos que dejaron los azotes en las piernas de ella, subió a donde los labios de ella agradecieron un beso de él. Con un pene más macizo y más de goma que el del vaso, David se adentró por entre las piernas de María, logrando que para ella más nada fuera “azul”. De hecho, si David le hubiese ofrecido un color para que él no parara nunca, ella lo hubiera gritado en ese instante.

Al reventar toda su ira dentro de su cubana, David fue al oído de ella y él mismo susurró: “Azul”.

Apagó la música y salió a fumar. Ella, en vez de quedarse tirada en la cama como él lo hubiese preferido, lo siguió a la terraza. Allí, además de nicotina, David recibió la explicación que hacía rato ella le quería dar.

– Yo sé que parecía otra cosa pero esa noche yo le pedí de favor a un cliente que saliera de brazos conmigo del hotel para que la policía no me llevara –le dijo María.

– Esa noche yo regresé de mi viaje por ti, para ayudarte. Y tú aprovechaste para conseguirte otro extranjero con quien pasar la noche –respondió David tratando de frenar sus genios.

– ¡No! No con quien pasar la noche, yo solo quería salir del hotel con él.

– Que vendas tu cuerpo para mí no cambia nada pero que mientas al respecto lo cambia todo.

– Yo no vendo mi cuerpo, David, ¿pero cómo es eso de que si lo vendo para ti no cambia nada?

– Allá en Bolivia mi novia también bailaba y a veces vendía su sexo. Ese era su trabajo pero nunca mintió al respecto. Vivimos dos años de maravilla mientras yo estuve allá, pero reinó la honestidad.

*** 202 ***

 

– ¿Honestidad? Mi baile es un arte, no una forma de prostituirme. Eso es honestidad. Ese día salí del brazo de otro porque tenía miedo salir sola. Y porque tú no estabas.

– ¡Yo sí estaba! –gritó David.

– ¡Pero yo no lo sabía! –gritó ella también.

– Lección número uno María: yo siempre estoy, especialmente cuando tú me necesitas. Eso es una relación. Eso es el verdadero amor.

– ¿Verdadero amor? Y no te importa qué haga yo con mi sexo siempre y cuando te lo diga. ¿Estás seguro que eso es el verdadero amor o tu versión de un frio amor civilizado?

David se quería comer el cigarro y María estaba al punto de gritar “azul”. La pelea con María le traían malos recuerdos de su novia allá en Bolivia. Tiró su cigarro a lo lejos sin acabarlo y regresó al cuarto.

– Perdóname, David –dijo ella siguiéndolo al cuarto– Yo aún no entiendo qué sientes por mí, ni siquiera lo que siento yo, pero entiendo tu dolor. En tanto yo aprendo a manejar estos sentimientos raros, todos nuevos para mí, por favor, perdóname por haber salido en los brazos de otro. Por favor, confía en mí.

– Mi perdón lo tienes, pero mi confianza no. Yo soy mi confianza de primera vista, pero necesito cien motivos para volver a confiar en alguien que una vez me traicionó.

María misma apagó la luz para no ver el azul–incomprensible que destilaban los ojos de su inglés, que sonaba tan herido como confundido.

Por los próximos días, ella se dedicó a darle los cien motivos a David para que él confiara en ella otra vez pero días pasaron para que David la volviera a abrazar bajo las colchas con el ímpetu de antes.

Una vez, después del sexo, impulsada por el caudal de hormonas que la intimidad deja flotando en el corazón, María le dijo a David que lo amaba. Esperando una respuesta de naturaleza similar, David respondió: “Yo prefiero “te necesito” a un “te amo”, María, porque necesitar es más que amar. No me ames. Yo quiero que me necesites. Y viceversa”.

***203***

 

– ¿Y viceversa? –preguntó María cayendo en cuenta que en esas raras palabras David escondía lo que sentía por ella.

– Una relación sin “viceversa” es una especie de esclavitud emocional que va en un solo sentido. La epidemia de divorcios que tú ves en este mundo, son entre relaciones donde quizás no se perdió el amor, se perdió el “viceversa”.

David ofrecía una versión de “amor” que ella jamás había escuchado. María quedó en un silencio que ni ella misma supo qué guardaba y lo miraba, esperando a que él dijera más, a ver si había entendido bien que “viceversa” era para David, la única posibilidad real de relación que había entre ellos. Pero de ese “viceversa” nacía la pregunta: “¿Cómo hacer que David también me necesite?”. Ella se sabía sin nada que ofrecer y creía a David del tipo de los que lo tienen todo.

La charla propició un extraño pesimismo, de esos que sufren los atletas cuando de pronto alguien triplica sus metas.

María fue a ver a Belinda, a indagar sobre esos “viceversas” de los que habla David, sobre los “te amo” que ya no bastan y sobre los “te necesito” que quería escuchar él. Pero Belinda, quien había pasado las últimas noches en casa de la vecina del 4 ajustando detalles con Luciano para que María fuese a Italia, quería hacerle entender a María que las relaciones amorosas no deberían ser tan complicadas como una clase de Cirugía Cerebral.

– ¿A ver mi niña, David, cuándo se va de Cuba? –le preguntó Belinda a María.

– Me dijo que en un año y medio.

– ¿Y qué planes tiene para formalizar la relación?

– David evita el tema matrimonio pues viene de una familia de padres divorciados y no cree en eso de casarse. Supongo que cuando llegue el momento de irse, cambie de idea y tome la decisión.

– Ten cuidado con esos hombres raros, María. A veces todas esas ideas ridículas no son más que grandes excusas para jamás formalizar una relación contigo –le dijo la tía.

***204***

 

Esa noche María durmió en Buena Vista.

– ¿Y qué tal si te vas a Italia con Luciano? –preguntó la tía mientras miraban la televisión.

– Mira tía, a Luciano, cuando más yo lo necesité, ni siquiera se dignó a llamar.

Escuchándose a sí misma hablar, María se descubrió hablando del concepto de “necesitar” del que siempre hablaba David. Belinda, sin embargo, no veía al inglés como una pareja con futuro para su sobrina.

 

Continuará la próxima semana …



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y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos"

Thomas De Kempis, Teólogo alemán


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Una Colección Poética… 

…intensa pero liviana, que abarca desde los lances eróticos de la autora, hasta las tristes pérdidas de un amor. Entre ellos se filtran versos que retratan las nostálgicas distancias que vive el expatriado, y otros romances que moldean el imaginario de nuestros tiempos. Poemas cargados de de las ficciones que conforman las realidades de la autora. O, “los dolores que esconde mi sonrisa”, como bien los describe ella.



A Poetic Collection …

… intense but light, ranging from the erotic sets of the author, to the sad losses of a love. Among them are filtered verses that portray the nostalgic distances that the expatriate lives, and other romances that shape the imaginary of our times. Poems loaded with fictions that make up the realities of the author. Or, “the pains that my smile hides”, as she describes them well.


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