Part 23: Spanish Novel; Havana Rough – Habana Dura; por Jocy Medina – Roman; Havane Dure – رُمان اسپانیایی؛ هاوانا سَرسَخت


***

PROJECT 705-3 – PART 23

Artistic. Erotic. Historic 

Artistique. Érotique. Historique

Artístico. Erótico. Histórico

هُنری . اروتیک  . تاریخی



© Jocy Medina 


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Más que una novela, HABANA DURA es un viaje a Cuba!

Plus qu’un roman, HABANA DURA est un voyage à Cuba!

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فراتر از یک رُمّان، هاوانا سَرسَخت  سفری به کوبا است


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PARTE 23

parte 22 

***

 Capítulo 4

Y Viceversa

David ayudó a María a levantarse para que el nerviosismo, los tacones, la oscuridad y el gorro no la tumbaran de la tarima.

– Nada, vine a traer a mi amigo Sherlock y a una de sus “bellezas de La Habana” a que conocieran Tropicana –respondió David llevando su vista a los pedacitos plateados que cubrían el cuerpo de ella.

– Ay sí, no me digas, que coincidencia! –dijo María.

– La otra versión de la verdad es que hace un rato yo llevé a Sherlock a ver a Cindy y ella me dijo que tú bailabas en Tropicana toda esa semana. La invité a que viniera con nosotros pero ella no quiso.

– ¡Eres peor que un policía! –protestó María apuntando con uno de sus dedos a la cara del inglés.

– Digamos que soy un fiel seguidor de una bailarina.

La luz regresó obligando a María a pintar una sonrisa perenne en su rostro y David fue a la mesa donde Sherlock abrazaba una de sus bellezas. El viento batía a Tropicana con ganas de arrancársela a La Habana. Muchas mujeres en la audiencia abrían servilletas sobre sus cabezas queriendo proteger sus finos peinados de la lluvia. María notó que muchos clientes, bravos con Dios, iban dejando el lugar vacío. Sherlock y su belleza se fueron, dejando a David a solas con su cerveza.

Dos números musicales más tarde mientras los animadores anunciaban el fin del show, María notó que hasta su fiel seguidor se había ido. Ella atravesó el camerino indagando si alguna bailarina que fuera rumbo a La Habana Vieja, le quisiera dar botella. Ninguna ni siquiera admitió haberla oído.

*** 163***

 

María casi llora al quitarse el gorro y ver el picotillo que habían hecho los vestuaristas en su cabeza pero al quitarse el sostén saltó y ver que un billete de 50 dólares cayó al suelo, ella saltó de alegría. “Aquí está mi taxi”, se dijo.

En el portal de Tropicana, el huracán se batía a gusto contra La Habana y un bulto de fumadores soplaba el humo hacia la cortina de lluvia que caía frente a ellos. María traspasó la nube de humo y la cortina de lluvia, para ver si había taxis pero regresó al portal encharcada y consiente que los pocos taxis que llegaban se llevaban turistas de billeteras mucho más gruesas que la de ella.

Dos toques en su hombro la hicieron voltearse. “¿A dónde van las estrellas cuando salen del paraíso?”, preguntó David otra vez frente a ella.
– Ay, Dios mío, pero ¿tú me estás persiguiendo? –preguntó María.

Aunque la boca del hombre no respondió, sus ojos azules brillaron al mirarla. Desde el fiasco de Sandro, María sentía que una rara agonía nacía de no saber exactamente qué querían los hombres de ella.

– ¿Qué tú quieres de mí? –insistió ella.

– La lista es larga –dijo el inglés contando con sus dedos –Quiero verte. Quiero disculparme por lo del parque. Quiero que el huracán no te lleve. Quiero llevarte a casa. ¿Me dejas?

María, que no veía otro modo de salir de aquel charco de paraíso, respiró profundo y aceptó la propuesta diciendo que “sí” con su cabeza.

En el momento que el hombre le pidió que lo esperara allí en el portal, para él ir a buscar su carro, el cuerpo de María comenzó a temblar. Ella, que jamás había temblado ante un hombre y se sabía la dueña de las directas con ellos, no entendía la naturaleza de los temblores. El inglés no ofrecía la tranquilidad de un viejo como Luciano, ni la confianza de un psicólogo como Camilo, así que María concluyó que temblaba porque una densa humedad cubría su piel y porque el viento del huracán en la noche se había tornado frío.

*** 164 ***

 

El carro del inglés frenó y al ella meterse en el carro una bonita música la ayudó a respirar despacio. Parecía haber más luz dentro del carro que en los barrios de La Habana Vieja pero así y todo, el carro entraba y salía de los huecos de las calles con gracia y agilidad. El tapiz de agua sobre el parabrisas no dejaba a David hablar pero él a cada rato la miraba y podía leer, letra por letra, la palabra “pena” en los ojos de María. Raro para él que, hasta ese día, no tildaba a María como una chica tímida.

David frenó frente a casa de Julia y el azul-encantador con que él la miró, congeló a María de forma que ella no atinaba ni a darle las gracias por la botella. David aprovechó el silencio para preguntar: “¿Y mañana, a qué hora vengo a buscarte?” Ante la perplejidad de María David insistió añadiendo: “Sin compromisos. Yo sólo quiero ayudarte”.

Ella tenía que llegar a Tropicana a las 8 de la noche pero sugirió las 4 de la tarde pues en caso que el extranjero fallara, ella tendría tiempo para torear los monstruos rodantes que la llevaran puntual a Tropicana.

Esa noche, María entró a casa loca por hablarle a Cindy y se puso a barrer los cristales que el huracán había dejado en su cuarto y esperando a que el chirrear de la cama de su amiga terminara María se quedó dormida.

A media noche, el fantasma de la madre de Julia salió del armario a conversar con María en sus sueños. Las largas trenzas blancas de la difunta tocaban sus pies y mirando directo a ella decía: “No te vayas, María. Desde que llegaste aquí hay paz y Julia ha subido a este cuarto. Si te quedas, te ayudo a enamorar a David, lo amarro a tu falda y lo hechizó para que no tenga ojos para otra mujer por el resto de sus días”. No fue la difunta quien despertó a María, sino un altísimo eco detrás de su voz que acrecentándose repetía: “no te vayas María”. Ella se despertó gritando: “¡Me tengo que ir!” y enseguida encendió la luz del cuarto para ver si veía a la difunta. Por mucho que la buscó no la encontró. Por mucho que la llamó, la difunta no respondió. María regresó a su cama con ganas de saber por qué la difunta querría amarrar a ese inglés a su falda y por qué ante ese inglés sus hormonas se tornaban jíbaras.

*** 165 ***

 

Minutos después, dos toques en la puerta de su cuarto hicieron saltar del susto a María. Segura que era la difunta, ella corrió a abrir la puerta pero para su sorpresa era Julia que había subido a avisarle que la llamaban por teléfono. La gran rareza del día no fue hablar con una difunta, sino escuchar la voz de Luciano que la llamaba de Italia.

Durante la charla, el italiano le contó detalle por detalle, las anécdotas del diabólico divorcio entre él y Alessia. Hablaba de separación de bienes, cuentas de bancos congeladas, amenazas de muerte y parabrisas rotos. De todas las historias que Luciano le hizo, la única que captó la atención de María fue la que hablaba de un dinero que él recibiría, con el cual le pagaría unos meses más de renta a ella y luego la invitaría a pasarse un tiempo con él en Italia. La propuesta dejó una enérgica pausa después de la cual María le informó a Luciano que ella ni quería renta ni iría a Italia.

Luciano preguntó un amargado “¿por qué?” y la llamada perdió su lustre cuando a todas las demás preguntas María respondió “yo no sé”. Antes de colgar, Luciano confesó: “María, yo creo que te amo”. Ella que no entendía eso de “creer” que uno ama, regresó a su cama y se volvió a quedar dormida convencida que dentro del hueco en que Luciano vivía, ella representaba no más que un poco de aire con que calmar la asfixia.

Al despertarse, la puerta del armario en su cuarto bailaba al ritmo del viento que entraba por las persianas rotas y por la cantidad de agua que había en el suelo María supo que el huracán tramaba inundarle el cuarto.

Cindy entró al cuarto de María enfadada con la lluvia pues le había echado a perder todos los negocios de la mañana pero su enfado pasó a asombro al ver a María bailando con el palo del trapeador mientras secaba el suelo.

 *** 166 ***

 

– ¡Qué ojos! –dijo María abrazando el palo.

– ¿Ojos de quién? –preguntó Cindy.

– ¡Ay Cindy, y qué perfume!

– ¿Perfume de quién, niña? –preguntó Cindy zarandeando a María.

– Del inglés. Fue a verme anoche a Tropicana. Me dio dinero pero yo lo que quería un beso –dijo María besuqueando el palo.

– ¡Te lo dije, niña! Tú estás loca por ese hombre y eres la única que no lo sabes.

– Ay amiga pero, ¿qué va a ver ese machazo en el enclenque de mujer este? Mira para ese espejo, de mí solo quedan los dientes.

Mirando a su reflejo en el espejo fue que María por primera vez en mucho tiempo sintió deseos de colgar un Marpacífico en su pelo y le preguntó a Cindy si en el barrio de Julia había un arbusto del cual robarlo. A falta de flores, María le dijo a Cindy: “Hoy me voy a vestir de rojo y no para la buena suerte, si no para torear a ese inglés y matarlo”. En cuanto el perfume de jazmín le dio a María los toques finales de matadora, ella notó que eran las 4 de la tarde y corrió a bajar las escaleras pero justo en ese instante la luz reventó un destello y la casa de Julia se quedó a oscuras.

Cindy corrió a su cuarto y ya metida bajo sus colchas le pidió a María que cerrara bien la puerta de su cuarto para que el fantasma que vivía ahí no saliera. María se reía con tales carcajadas que al querer bajar perdió un escalón y llegó a la planta baja rodando por las escaleras. Las dos piernas le dolían pero al abrir la puerta de la casa y ver que detrás de la fiera lluvia David esperaba por ella, se olvidó hasta que traía piernas.

– ¿Traje y corbata? –preguntó María al montarse en el carro.

– Es que tengo una recepción de trabajo pero termino a tiempo para recogerte a las 3 de la mañana, o a la hora que salgas.

– ¿A recogerme? ¿Ahora tengo un chofer inglés? –preguntó María alzando ambas cejas.

*** 167 *** 

– Yo no soy tu chofer.

– ¿Y entonces?

– Es que cubrir necesidades crea necesidades.

– ¿Y eso que quiere decir?

– Yo quiero que me tú necesites. Y viceversa.

María, que jamás había escuchado tal rareza, no dijo nada más. Él subió la música y la mente de ella gravitó a la máquina de triturar egos de Tropicana. Los rayos que venían con la lluvia parecía que rajaban el parabrisas delantero y eso a veces les unía las miradas. Al llegar, él abalanzó su cuerpo para besar la mejilla de ella y María sondeó detrás del cuello de él para disfrutar de su colonia masculina, sólida y diferente como las cosas que él le decía.

– Hueles rico –le dijo María.

– Cerruti. A base de madera y lavanda.

– Yo hago mi propio perfume a base de jazmín salvaje. Lo colecto en campos que rodean a Buenaventura, el pueblo en que nací. ¿Te gusta?

– Todavía no sé. Un poco fuerte, así como la coraza que tú aparentas.

– ¿Por qué dices cosas tan extrañas? ¿Por qué no me dices que te gusto o que me queda lindo el vestido?

– Es que no quiero que lo oigas, quiero que lo sientas.

– Oye, yo no leo mentes.

– Pues quizás sea hora de que aprendas.

Todo lo de ese inglés tenía arte para dejar a María sin armas. Era como si para entenderlo debiera borrar todo lo que hasta ese día había aprendido de los hombres y comenzar a estudiarlos otra vez.

*** 168 ***

 

María entró a Tropicana y se sentó en el asiento más alejado que encontró en el lobby buscando serle invisible al gentío para seguir oliendo la madera con lavanda que David le había dejado en la nariz. A eso de las 7 de la noche María notó que todos dentro de Tropicana caminaban más de prisa que de costumbre. Una chica del elenco le hizo señas a María para que se fuera. Dos muchachos llevaban cartones en las manos que decían “Cancelado por lluvia” para colgarlos en la entrada y uno de ellos le gritó a María que se fuera para su casa.

Minutos después, de paraíso Tropicana pasó a desierto y afuera las calles eran diluvios imposible de cruzar. María se sentó en el piso de portal a mirar la cortina de lluvia que caía enfrente de ella y a esperar que el inglés llegara. Seis horas después, cuando de tanta agua su vestido rojo tomate se había tornado rojo vino, María divisó que detrás de las cortinas de lluvia las luces de un carro se acercaban. Adivinó que eran las del carro David quien al verla, corrió bajo la lluvia con el saco de su traje en las manos para taparla.

Los temblores que el aire acondicionado dentro del carro causó en ella, la llenaron de valor para decirle al inglés que esa noche ella iba con él a donde él fuera. A David le tomó tiempo comprender pero cuando María vio que el carro de David navegaba los baches de la suntuosa Quinta Avenida que llevaba a Siboney y no los cráteres de meteoritos que llevaban a la Habana Vieja, supo que él había entendido. Al llegar, un guardia que vestía una rígida capa plástica salió de una garita a abrir las rejas para que el carro de David entrara. Una larga entrada en “U” los llevó a una zona techada que cobijaba la puerta principal de la casa, que era roja y de caoba tallada. Detrás de la puerta, un vestíbulo más grande que el cuarto que ella ocupaba en la casa de Julia, daba paso a una casa cubierta en grandes ventanas de cristales que dejaban apreciar lo fiero de la lluvia.

– ¿Aún estamos en Cuba? –preguntó María.

David respondió con una sonrisa y una toalla para que ella se secara. De su cuarto le trajo una camisa que bailaba en el cuerpo de María y luego la llevó a la sala donde un sofá, al sentarse en él, los llevó a la gloria.

*** 169 ***

 

– Una casa tan grande y Cindy vendiendo su cuerpo por no tener dónde vivir con su hijo –exclamó María.

– ¡Qué pena! Yo no sabía que lo hacía por eso.

– Y hablando de Cindy, ¿dónde está Sherlock?

– Se fue con una de sus “bellezas de La Habana” a un hotel ¡La suerte es que vino a Cuba a verme a mí!

El azul-confiado que destilaban los ojos de David achicaba a María. “Ya estoy seca pero mis alas siguen mojadas”, pensaba ella cuando notaba que sus ideas aún no fluían.

– ¿Qué piensas? –preguntó David al sentirla tan lejana.

María podía escuchar el taconeo en los adentros de su pecho y pensó que quizás un vaso de ron atenuaría sus nervios.

– ¿Qué quieres tomar? –adivinó David.

– Ron.

– ¿Ron con qué?

– Con nada. Ni hielo. Sólo ron.

David entregó un vaso de ron a la helada mano de María. El minuto que le tomó a David servirse un whisky y regresar a brindar con ella, le sirvió a María para tomarse su vaso de ron entero.

– No eres la chica del parque –dijo David sirviéndole más ron para brindar – ¿Estás nerviosa?

Ella, que ya no soportaba el azul-electrizante con que David la miraba, se abalanzó a besarlo a modo de inspirar confianza en sí misma. David la detuvo sosteniendo sus hombros y buscando en sus ojos le preguntó: “¿Qué haces, María?”

– ¿Por qué no quieres besarme? ¿Para qué tú me trajiste aquí? –preguntó ella – ¿Qué quieres de mí, algún órgano?

*** 170 ***

 

Aunque David no quería reírse, no pudo controlar la risa. María se había tomado otro vaso de ron antes que él tocara su segundo trago de whisky.

– Pues sí –respondió David –Quiero tus órganos y quiero que cada uno de ellos me necesite.

– ¡Y dale con lo mismo! ¿Por qué quieres que te necesite?

– Porque el amor verdadero no se construye dándole a la pareja lo que le gusta, sino lo que necesita, María. Piénsalo. Ahora mismo… ¿qué prefieres, que te de un abrazo o un dulce que te encante?

María escogió el abrazo porque ningún dulce calmaría el torbellino que en ese momento arrasaba por su pecho. Dentro de ese abrazo ella se preguntaba qué hacía David hablando de “amor verdadero”. Temiendo no estar lista para la respuesta, no hizo la pregunta.

– Te traje aquí para que hablemos –dijo David –Seguro que tienes más de 20 años de historias que contarme.

– Tengo 22, ¿y tú?

– Yo, 33.

– ¿Nos alcanzará la noche? –preguntó María.

– Ojalá que no –respondió él.

Las historias del inglés hablaban de una niñez en una Inglaterra gris y de un gran terror a familias partidas. María iba por su cuarto vaso de ron y sus historias dejaron a David en las superficies de cuando su padre un día la agarró besando a dos niños detrás de una puerta. Ya casi no se oía la lluvia y los ademanes de María le decían a David que ella había tomado en demasía. Por ende, él sugirió ir a dormir.

– ¿Y tú a dónde vas? –preguntó María al ver que David la acomodó en un cuarto y se iba a dormir a otro.

– A mi cuarto –dijo David desde la puerta.

– ¡Pero qué frío eres! ¿Cómo que no vas a dormir conmigo? Eso nunca lo haría un cubano.

***171 ***

 

– Ah, es que entre todo lo que te conté esta noche, olvidé decirte que yo no soy cubano, ¿necesitas algo más, María?

– Sí. Necesito venirme, un final feliz para este filme de terror, por dios.

– Tú no dependes de un hombre para eso. En tus manos tienes todo lo que necesitas para tu final feliz.

David apagó la luz y María gritó que por favor la encendiera y al David obedecer vio que ella alternaba su mirada entre sus manos y el rostro de David.

– Mis manos no tienen de esos poderes, David. Créeme si te digo que he tratado –le confesó María con un tono de voz real y relajado.

El “cambio de luces” dejó a David por primera vez en toda la noche, verla a ella.

– ¿Me prestas una mano? –dijo David –con estos dos dedos es que logras un orgasmo.

– ¿Y cómo lo logro, los meto en el tomacorriente?

Con deseos de meterla a ella en el tomacorriente, David se sentó en la cama lo suficiente cerca para guiarla y lo suficiente lejos para no ser halado a la trampa del sexo con una mujer tomada. Con sus manos, él dirigió las de ella a su intimidad, procurándolo todo para no tocarla.

– Cierra los ojos. Imagina que estás sola. Lleva esos dos dedos a la boca y mójalos con tu saliva. Abre un poco los labios de la vagina y busca con tus dedos el área donde se te unen los labios. Mójala. Encuentra una montañita que hay justo debajo, ¿la sientes?

Los ojos de María querían abrirse para ver con qué versión de ojos la miraba David pero prefirió obedecerlo para evitar que fuera a parar.

– Frota esa montaña. Haz círculos a su alrededor. Siente como crece. Si se seca, llevas tus dedos un poco más abajo, a lo mojado ¡Uf, a lo encharcado de tu vagina! y los regresas para seguir frotando.

*** 172 ***

 

Los pechos semi-erguidos y espalda semi-arqueadas de María le decían a David que su lección estaba funcionando. Ella gemía a su comando y si él no hablaba, ella pedía que lo hiciera. El ritmo del placer eventualmente incitó a María a acelerar un poco la frecuencia, hasta que el roce desató un terremoto en el piso de su pelvis. Todo allí pulsaba y la historia feliz terminó con ella en los brazos de él exclamando: “¡me encantan las montañas!”. Al sentir que ella se quedó dormida sobre uno de sus hombros, David fue a su cuarto a detonar la montaña que la lección había levantado en sus propios pantalones.

Continuará la próxima semana …


 


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"He buscado el sosiego en todas partes, 
y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos"

Thomas De Kempis, Teólogo alemán


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Una Colección Poética… 

…intensa pero liviana, que abarca desde los lances eróticos de la autora, hasta las tristes pérdidas de un amor. Entre ellos se filtran versos que retratan las nostálgicas distancias que vive el expatriado, y otros romances que moldean el imaginario de nuestros tiempos. Poemas cargados de de las ficciones que conforman las realidades de la autora. O, “los dolores que esconde mi sonrisa”, como bien los describe ella.



A Poetic Collection …

… intense but light, ranging from the erotic sets of the author, to the sad losses of a love. Among them are filtered verses that portray the nostalgic distances that the expatriate lives, and other romances that shape the imaginary of our times. Poems loaded with fictions that make up the realities of the author. Or, “the pains that my smile hides”, as she describes them well.


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