Part 14: Spanish Novel; Havana Rough – Habana Dura; por Jocy Medina – Roman; Havane Dure – رُمان اسپانیایی؛ هاوانا سَرسَخت



***

PROJECT 705-3 – PART 14

Artistic. Erotic. Historic 

Artistique. Érotique. Historique

Artístico. Erótico. Histórico

هُنری . اروتیک  . تاریخی



© Jocy Medina 


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PARTE 14

parte 13

María, loca por caer en su cama, atravesó las hileras de árboles que quedaban para correr al dormitorio y dormir pero las primeras luces del día habían sorprendido a tres bailarinas del elenco chachareando bajo el framboyán que había detrás de la cocina. Una botella de ron a medio palo justificaba las risotadas da las tres y cuando las chicas notaron que María salía de la arboleda la llamaron para que viniera a conversar con ellas.

La mano de una bailarina extendió la botella para que María se diera un trago. Antes de darse el primer buche ya María se había enterado que esa noche una de las bailarinas se había llevado a un español con ella a la arboleda: “Estábamos en la calentura cuando la mujer del Yuma empezó a llamarlo como a un perrito: ¡Chuchi, chuchi, chuchi! Y él me tapaba la boca, porque yo me orinaba de la risa y después me lo templé en la tierra repitiéndole el: chuchi, chuchi, chuchi. ¡Qué manera de reírme anoche!”. María enseguida descifró que esas eran las risas que había escuchado cuando cruzaba la arboleda con Yoyo.

***

Las risotadas de las chicas cesaron cuando otra de ellas comenzó a contar que ella había acabado en la habitación de dos franceses que querían un show privado: “Pero se me fue la mano con las acrobacias porque me senté en el lavamanos con los pies apuntando a la luna y de pronto se desprendió aquello de la pared y yo caí de nalgas en el suelo y un chorro inmenso de agua salió disparado hacia la cara de los franceses. Ellos corrían medio-encueros por el cuarto gritando algo así como: ¡Deló! ¡Deló! y yo me fui corriendo no vaya a ser que eso quisiera decir: ¡Policía, policía!”

Las chicas ya dobladas de la risa se volvieron a componer cuando la tercera bailarina aclaró que ninguna de ellas había ido presas esa noche porque ella había terminado en una caseta con el guardia de seguridad de turno: “Y las dimensiones de ese pene eran tan serias, que les aseguro, mientras todas ustedes cogían dólores, yo cogía cervicitis pélvica”.

En cuanto las risas volvieron a mermar las chicas se voltearon a María en espera de su historia, suponiendo que sería picante pues ella acababa de salir de la arboleda.

– Yo terminé en casa de un babalawo –dijo María seria –donde me cortaron un mechón de pelo para hacerle brujería a no sé quién.

El infortunio primero causó risa pero cuando María mostró el mechón de pelo que le faltaba, las tres bailarinas quedaron en silencio.

– ¡Ay Dios, María, tú estás loca! Eso suena a Palo de Monte, que es lo peor que hay en santería –advirtió una de ellas, que después de decir eso tomó un buche de ron en su boca y lo sopló al aire para limpiar el espacio, tal como Cheo había hecho la noche anterior cuando ella y Yoyo llegaron a la choza.

– Ya, dejen eso, el babalawo me dio un amuleto, así que estoy protegida –dijo María.

– ¡No, eso es osogbo para siempre! El pelo es lo único que uno nunca da para brujería –dijo otra bailarina.

***

– Da igual, –respondió María –peor mi vida no se puede poner. Ya a este punto, lo que no me mate me tiene que ayudar.

El plomo de seriedad que dejó caer la respuesta de María disipó la fiesta. Todas se fueron a sus literas a dormir. María no llevaba ni dos horas durmiendo cuando una bailarina la despertó para avisarle que un cliente la andaba buscando. María salió del dormitorio con los ojos más cerrados que abiertos pero así todo pudo ver la gran sonrisa con que Luciano esperaba por ella.

– Estás loco, Luciano, tú no puedes venir aquí, me metes en líos –dijo María.

– Aquí tienes tu “dinero folclórico” –dijo Luciano entregándole un sobre gordísimo.

Luciano se alejó diciéndole con señas que la veía en La Habana. Ella trató de esconder el sobre dentro el short pero el paquete le sacó una barriga que al entrar al dormitorio parecía que el italiano, en vez de dinero le había traído un hijo. Con esa misma porte de embarazada fue a la campiña a recoger flores y luego a bañarse para ir a almorzar. María cantaba canciones en la ducha cuando una bailarina fue a avisarle que saliera del baño pues el jefe del elenco quería hablar con ellas.

Sin tiempo para quitarse todo el jabón en el pelo pero con el sobre de regreso a la barriga, María corrió al portal del dormitorio donde el jefe ya tenía reunidas a todas las bailarinas.

–Esta mañana recibimos tres quejas de tres clientes diferentes –dijo el jefe con tres dedos apuntando al cielo –todas con relación a este elenco. ¡Eso jamás se había visto en esta finca! Una pareja de españoles incluso se nos fue de la instalación porque una de las bailarinas le devolvió al marido lleno de tierra y chupetones. ¡El custodio no vio nada! Y como las cámaras de seguridad no tienen baterías no sabemos quién es inocente y quien es culpable, así que tenemos que despedirlas a todas.

– ¿Despedirnos por qué? –preguntó María.

– ¡Por descaradas! Y ya llegó el camioncito que las llevará a todas a La Habana.

***

Las bailarinas empacaban muertas de la risa y cada vez que alguna decía algo, las demás jocosas repetían: “¡por descaradas!” María sin embargo, recogía sus cosas con plomos en los dedos pues no sabía dónde dormiría esa noche.

En la entrada de la finca, un viejo Chevrolet del 58 con la carrocería trasera cortada, era a lo que el jefe le llamaba “el camioncito que las regresará a la Habana”. El viejito que lo manejaba fumaba una cachimba y al ver ocho bailarinas venir a él con doble número de paquetes, soltó su cachimba para ayudar a apretujar las ocho muchachas dentro del camioncito de modo que cerrara la puerta. “El camioncito es de seis puestos pero le caben veinte”, dijo el viejito a todas ya rumbo a la Habana. Pero parece que en el año 58, la Chevrolet no había concebido que ese carro se convertiría en camioncito en los 90 porque a medio camino el motor del vehículo se ahogó y de tanto humo que soltó, las bailarinas tuvieron que bajarse y correr lejos para no ahogarse.

Al otro lado del humo los carros de turismo aminoraban la marcha dispuestos a darles botella a las bellas chicas que no perdieron tiempo para posicionarse a pedir botella. En tanto María, que no tenía a casa a donde ir esperó con el viejito a que el motor del Chevrolet se enfriara y llegar a La Habana Vieja, la parte de la ciudad que tenía fama de resolverlo todo.

Al llegar, María se adentró a las flaquísimas calles de La Habana Vieja, todas llenas de extranjeros paseando tranquilos y felices de que esa no era la ciudad donde vivía la solución de sus problemas. Había partes de ese barrio donde ella temió estornudar pues de hacerlo, las casas abatidas por siglos de huracanes, se podían derrumbar.

Ella, sujetando el “dinero folklórico” que traía dentro de su short buscaba dónde hospedarse pero al pasar las horas, de cada esquina salían menos esperanzas de encontrar lo que buscaba. En medio de ese laberinto se abrió ante sus ojos una linda plaza que parecía vestida con la misma intención con la que los niños terminan sus castillos de arenas en la playa. Esculturas de bronce en forma de mujeres desnudas adornaban las puertas. Los extranjeros tomaban Mojito (41) en una taberna y le pagaban tragos a jovencitas como ella. Cerca de la taberna había dos jóvenes muy bien vestidos que parecían sabiondos del lugar. María les preguntó si sabían de algún lugar donde podría hospedarse.

(41) Trago típico cubano a base de ron, hierba buena, azúcar, agua gaseada y limón.

***

– Yo tengo un Yuma allá adentro que si te ve te hospeda en su cama –dijo uno de los chicos.

– Yo no quiero hospedarme con un Yuma. Yo tengo dinero para rentar un cuarto en una casa –respondió María.

– Ahora mismo, con el “cantadito” de guajira ese, el que te hospede en esta ciudad, pierde el cuarto que te rente y pierde la casa –respondió el chico –hay tremendo fuego abierto a los particulares que hospedan ilegales en esta ciudad.

– ¿Ilegales? ¿Tú me estás llamando ilegal a mí? ¿Por qué, porque soy del campo?

Los muchachos la miraron con cara de quien habla con una extraterrestre. Quisieron decirle que hospedarse con un Yuma era su única solución en La Habana pero en la esquina opuesta a donde estaban llegaba un grupo de policías así que los chicos se dieron un giro en 180 grados para doblar por una esquina y dejar que La Habana Vieja se los tragara.

María no vio a los policías pero le fue detrás a los chicos para seguir diciéndole lo que creía de ellos: “¡En mi pueblo jamás haríamos eso a un habanero, ustedes son unos anacoretas todos!”. Y cuando se colaron en solares y ella los perdió de vista, cayó sentada en una esquina donde afluía una vertiente de una tubería rota con un olor intenso a fosa. En alta voz pensó: “¡Qué clase de uñas tiene La Habana!”

La puesta del sol ya le añadía sal a su tarde y la idea de regresar a casa de su tía sonaba peor que quedarse a dormir en esa esquina, al lado de la fosa.

Al María levantar la vista, divisó que en el portal de una gran casa tan bella como vieja que había enfrente, un hombre sin camisa se acariciaba la barriga y mordía un palito. Por la suciedad que divisaba sobre los pisos del portal supuso que allí vivía mucha gente y que quizás tendrían cuartos donde dormir ella.

***

– ¡Guajira y jinetera aquí en La Habana, tú estás loca! –dijo el hombre en cuanto escuchó el acento con que María se lo preguntaba.

– En primera yo no soy jinetera y en segunda…

María no pudo continuar pues el nudo de la impotencia atragantó su idea. Le preguntó al hombre cómo era posible que en una isla tan pequeña existieran divisiones tan inmensas y por qué de tanta discriminación contra la gente del campo.

– Mami, no me vengas a dar clases de filosofía que hoy es sábado –respondió el hombre llevando una de sus manos a su frente.

– Te doy 100 pesos si me encuentras donde quedarme –dijo María.

Al oír eso el muchacho recuperó su postura y dejó de morder el palito.

– Mira, te puedes quedar conmigo y con mi mujer si quieres. Ella es mayor que yo pero le gustan las jovencitas.

– ¿Pero qué le echan al agua aquí en La Habana que tornan a la gente descarada? –respondió María dándose vuelta para seguir la búsqueda.

La Habana apagaba las luces y como si de pronto la ciudad quisiera esconderle todas las opciones de ayuda, llevó hacia María un viento que olía a lluvia. En cuanto la primera gota de agua le cayó a María sobre la espalda, la calle se quedó sin gente. Ella siguió andando rumbo a dónde van los que no saben a dónde pero el hambre comenzó a sonar dentro de su barriga y sus bolsas comenzaron a pesarle con el agua que añadía la lluvia. María corrió a buscar un portal con techo donde guarecerse pero hasta eso le escondió La Habana.

A lo lejos, divisó un letrero que parecía decir “Restaurante” y ya frente al cartel, por las dos parejas de extranjeros que comían arroz congrí con carne de puerco en el lugar, confirmó que había leído bien. Al querer entrar, un mesero le informó que si no era extranjera no podían servirle. Con la misma intensidad que le rugían las tripas, María le rugió al mesero: “¿y eso por qué, acaso no pagamos con el mismo dinero?”

***

– Pues claro que no, estos clientes tienen divisas y supongo no seas tan tonta como para decirme que traes dólares americanos encima –dijo el mesero.

– Doy lo que sea por un plato de comida. No he comido nada en todo el día.

El joven leyó el desgano en la mirada de María y en vez de responderle, revisó el menú del restaurante como quien busca soluciones. “Da la vuelta por esa esquina y espérame detrás del restaurante. Voy a ver que puedo sacarte de la cocina”, le dijo él a María.

A la puerta trasera del restaurante se llegaba atravesando un pasillo pestilente repleto de roedores. Saltando como si jugara al Pon (42) entre las ratas, María llegó a la puerta donde el joven la esperaba con un sándwich, el cual ella enganchó con sus uñas para devorarlo.

– No te voy a preguntar pero por tu acento sé que eres de muy cerca de donde yo tengo familia –le dijo el joven a sabiendas que María con la boca tan llena de comida no iba a decirle de dónde era –pero ten cuidado, están limpiando la calle de ilegales. Aléjate de este tipo de lugares que son solo para el turismo. Aquí, a veces, hasta los clientes pueden ser chivatones (43) o policías. Un grito desde la cocina le avisó al joven que había clientes en la puerta del restaurante y al irse el joven ella vio la puerta cerrarse frente a sus narices.

Salió por el pasillo masticando el último bocado y esquivando las ratas. Llegó a donde un río de agua de lluvia corría sobre la calle, en dirección a una avenida con luces. Allí un escalofrío invadió sus huesos y un horror impidió levantar su mano para pedir botella a casa de la tía.

(42) Juego infantil en el cual se pintan números en el acera y se saltan sobre ellos.
(43) Cubanismo para designar a la gente civil que informaba al gobierno sobre gentes o actos que iban en contra de las reglas de la Revolución.

***

Continuará la próxima semana …


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"He buscado el sosiego en todas partes, 
y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos"

Thomas De Kempis, Teólogo alemán


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